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Sin colorantes ni conservantes

Siempre pensé que tenía un problema.

Me quisieron enseñar que vienes a este mundo con la misión de encontrar al amor de tu vida; primero me lo enseñó Walt Disney, ese gran guionista de sueños en el mágico país de los cuentos, creador de princesas inocentes de color de rosa que encuentran el amor cantando en un bosque y después de saltar varios obstáculos consiguen a un príncipe encantado con el que cenar perdices cada noche. Luego me lo enseñaron todas esas series de adolescentes que se dedicaban a odiarse y a amarse en los pasillos de un instituto. Después vinieron las comedias románticas en las que daba igual que Jim Carrey fuera el ser más idiota, sinvergüenza o mentiroso sobre la faz de la tierra, porque al final siempre conseguía conquistar y reconquistar a esas pobres muchachas decepcionadas con menos de dos dedos de frente.

la mascara Mirase donde mirase veía un condicionamiento artificial para asegurarse de que la sociedad viviera venerando esa utopía.

Tengo una amiga que la primera vez que intentó poner esas enseñanzas en práctica, la caída fue tan humillante que nunca más volvió a verle el pelo a su ego. Dolorida en el suelo apareció un príncipe azul montado en su blanco corcel, la levantó en brazos y la enseñó un mundo ideal que nunca pudo imaginar. Creyó que era él, él creía que era ella. De verdad. Se quisieron mucho más que la Sirenita y su marinero, (ese que tiene mi nombre favorito en el mundo, Eric. Aunque quizás me enamoré del nombre cuando le ví la primera vez en la televisión de mi abuela, quién sabe cómo funciona el cerebro de una mujer cuando tiene 6 años…) Él no era marinero, él era un gran militar.

Se sumieron en un enamoramiento constante desde la primera vez que se citaron para quedar en una biblioteca. Mientras él intentaba disimular los nervios cuando le explicaba qué era eso de los vectores, ella se embelesaba con el sonido de su voz. Vivieron durante años en el dolor de la distancia, echándose de menos sin querer creer que el otro también lo hiciera, pero deseándolo con desesperación. Seguían andando cada uno por su camino fingiendo desinterés hasta que la vida les cruzaba de nuevo en una casualidad de película y se destartalaban su mundo el uno al otro. Ocurrió media docena de veces.

Hasta que consiguieron matar al dragón y comprarse un castillo. De Ikea.

Pero un día llegaron a un acantilado. Bueno, para él sí había camino, la del vértigo fue ellaacantilado. Y fracasó en el intento de conseguir su por siempre jamás. Pensé que se había vuelto loca, había tirado por la borda tantos años de míticas escenas dignas del cine… pero nada de películas ¿eh? estas eran suyas, en primera persona. Y eran maravillosas, ¿por qué lo hizo? alergia a las perdices, quizás.

Después de otro intento fallido más por culpa de aquella desilusión que lo había empañado todo, me terminé rindiendo. Perdón, se terminó rindiendo.. y se convenció de que tenía algo defectuoso por ahí dentro que nadie podía arreglar.

Crecemos con la imposición mediática de buscar a una persona y apostarse con ella un “hasta que la muerte nos separe”. El caso es que hay algunos que lo consiguen, y eso es algo que me empezó a llamar la atención. Me fijé en ellos y me di cuenta de que funcionaba no porque hubieran encontrado a una persona, sino porque habían encontrado a SU persona. Y entonces me atreví a pensar que quizás las cosas en realidad eran más sencillas, que tal vez, por muy de manual que sea, no es obligatorio dedicarse a etiquetar cada etapa de una relación: “nos estamos conociendo”, “somos novios”, “estamos prometidos”, “papi, ¿puedes ir a recoger al niño?”. Me atreví a pensar por primera vez que tal vez mi naturaleza se rebela contra todas esas reglas, que a lo mejor la moraleja de la Cenicienta a mí no me aporta nada.naranja Al principio me resistí porque quería vivir en la tranquilidad de no llamar la atención, ser como todos los demás. Después tuve que aceptarlo como algo crónico en mí que no tenía tratamiento. Hace poco me di cuenta de que en realidad no es una enfermedad, y desde entonces lo llevo por bandera.

No tengo un problema, es solo que mi punto de vista no es el convencional.

Para mí el amor no es lo que nos cuentan películas que llegan a la gran pantalla, el amor de mi vida no es la persona que esté a mi lado cada día y tenga que llevarme al altar. El gran amor de alguien es esa persona que llega una tarde cualquiera y decide mirarte marcando un antes y un después en tu vida. Es alguien que por más kilómetros o silencio que te separen de él, seguirá siendo prioridad absoluta en tu corazón, ese que se atrinchera en la suite y no deja que nadie le saque de ahí. (¿Se te viene algún nombre a la cabeza?)

Y con el gran amor de tu vida puede pasar cualquier cosa. Puede estar viviendo en tu mismo barrio, o puede marcharse a trabajar fuera, lejos de ti, y no le vuelvas a ver. Puede casarse con otra persona… no te escandalices, esas cosas pasan. Que sí, te lo digo yo que le pasó a mi amiga. Quizás ni si quiera sois compatibles, o incluso puede que tu gran amor viva ajeno a que lo es porque ya tiene el suyo propio, y no, resulta que no eres tú.

Como dice mi amigo Arjona, a veces el amor es un ingrato.

Puede ser de cualquier forma, despistado, humilde, borde, simpático, también podría ser algo egoísta… puede ser rubio o puede ser alto. Nada de eso importa, pase lo que pase nadie le quitará su lugar. Es quien te hace vivir experiencias románticas de las auténticas cuando está cerca y aunque esté lejos. Es el que es tan parte de ti que aunque no seas consciente, es imprescindible. ¿Quién tiene que estar pendiente de no dejar  de respirar? Es una esencia que solo se intuye, suena como un didgeridoo, suave pero constante y no te das cuenta de que está ahí, pero si deja de sonar te quedas sumido en un silencio ensordecedor.

Y a mí con la esencia me basta, el amor me gusta así, sin añadidos… no me hace falta ponerle un disfraz de novia ni sellarlo con hijos, entiendo que la mayoría sueñe con tener la colección: el novio encantador, la esposa perfecta, la casa en propiedad y un hijo en la universidad. Todos quieren el kit del amor, pero existimos también algunos bichos raros que no necesitamos ponerle pegatinas y decorarlo, ¿para qué, si los adornos pasan de moda? El amor es perfecto tal y como es, sin aditivos, “él para ella” o “ella para él” sin importar cómo, sino quién, personas con su propio camino pero conectadas para siempre por una fuerza inalterable que la ciencia está aún intentando averiguar.

Qué absurdo, como si la magia se pudiera demostrar.