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Ojalá ella también

Quizás te parezca extraño, pero esta mañana me dí cuenta de que últimamente he estado pensando en ti, o más bien, recordándote. Estaba recogiendo las pinturas de Claudia, mi hija pequeña, y viendo que había dejado todas las puntas gastadas me acordé con malicia de lo mucho que me gustaba hacerte rabiar escondiéndote el sacapuntas a dos minutos de terminar la clase de plástica, porque odiabas guardar los lápices sin afilar y te ibas al recreo con cara de pasa enfurruñada. Pero en seguida se te pasaba porque estabas loco por el bocadillo de lomo que me hacía mi madre para almorzar.

Y entonces caí en que era… ¿la quinta vez que aparecías en mi cabeza? no, la novena por lo menos… mira, ni idea, antes de empezar a contar ya había perdido la cuenta.

Me había acordado de aquella vez que tu madre nos llevó a la feria. Íbamos tan contentos que de camino todo nos hacía gracia, la señora rubia a la que se le salía el dedo gordo del pie por el agujero del zapato, el señor con gafas de Bartolo y casi nos asfixiamos cuando se nos cruzó aquel perro arrastrándose sentado por el suelo “¡¡Mira, Isaac, se está rascando el cucu!!”. Madre mía, llegamos a la feria con calambres en la tripa. Pero al darnos cuenta de que habíamos llegado a la tierra prometida, donde los caramelos crecían en mini caravanas de colores, abrimos los ojos como platos, me cogiste de la mano y echamos a correr por las calles llenas de luces.

Pobrecita tu madre, lo que la hicimos gritar aquella noche, supongo que por eso no nos llevó nunca más. Por eso y porque tomaste demasiada azúcar, y ella aprendió que no se te podían dar más de tres cucharadas al día. Pero gracias a tu sobredosis me regalaste un montón de sonrisas llenas de emoción y algodón de azúcar.52dca302c0220278f9a3a9df1d8feb9a

A veces Claudia me sonríe así, cuando se lleva a la boca la primera cucharada de helado y me mira con esa cara de ilusión pringada en chocolate. En ese momento tengo la certeza de que mi pequeña es feliz, como solo puede serlo un niño, como lo eras tú cuando jugábamos en nuestros escenarios imaginarios.

Me acuerdo de una vez que nos inventamos que éramos marineros. Bueno, en realidad tú eras Jack Sparrow (sé que ese personaje aun no existía, pero en mi infantil mente enamorada, tú ya eras así de guapo) y yo era tu campanilla, pero con vestidito morado. Navegábamos a lo temerario, esquivando rocas afiladas y aguas infestadas de dinosaurios marinos, 7efbd39c2e359a3c2938f25339a9d8b2porque aun no habíamos estudiado los orígenes del mundo, claro. Y al llegar a una isla llena de cangrejos venenosos como no podía ser de otra manera, no se nos ocurrió otra cosa que saltar de piedra en piedra. Mientras tanto en el mundo real, estábamos en el aparcamiento del barrio, y las piedras eran los coches del vecindario. De pronto alguien nos gritó desde una terraza y salimos corriendo de allí como si nos persiguiera un policía.

Estuvimos escondiéndonos toda la tarde, jugando a presos fugados de la cárcel solo por aprovechar nuestros nervios, y cuando subimos cada uno a su casa, pensando que el percance de los coches en realidad no había sido algo tan malo, nos encontramos con la bronca monumental, una para cada uno. La chivata había sido la vecina de mi abuela, con razón la tenía tanta manía…

Casi puedo notar un pinchacito en el corazón recordando cómo se me rompió en pedazos cuando mis padres me prohibieron acercarme a ti. Me dijeron que no era para siempre, que solo era un castigo, pero para mí era como si me hubieran quitado las ganas de vivir.

Qué melodramática era esta cría.

Existía el detalle de que éramos compañeros de clase, y éramos tan ilusos que pensábamos que nuestros padres se turnaban para vigilarnos. En realidad no estábamos tan locos, lo que pasa que nuestras mentes se morían por jugar juntas y siempre encontrábamos la manera. Así que nos dedicábamos a dejarnos pistas por las esquinas del colegio: calaveras piratas dibujadas con tizas, una figurita de papel albal con forma de cocodrilo y una varita mágica hecha con un palo y el corazón de la manzana que me comí en el recreo. Era nuestra formar de reírnos de los mayores saliéndonos con la nuestra.

El día que nos levantaron el castigo lo recuerdo como uno de los más felices de mi vida. Nuestros padres se echaban de menos y decidieron reencontrarnos. Cuando vimos que solo estábamos a un metro el uno del otro me miraste asustado y me dijiste “¡estás más mayor!”

“Isaac, hijo, que solo ha pasado una semana…”

Nos abrazamos sin saber qué hacer con los brazos, locos de emoción, me apretaste muy fuerte y me dijiste que no nos separarían nunca más.

Pero ya ves que al final quienes nos separamos fuimos nosotros, como hacen los niños con todo cuando sin querer, empiezan a crecer.

Terminamos primaria ya algo distantes, la idea de pasar al instituto nos tenía con la cabeza en otra parte, esperando a ver qué habría al otro lado de toda esa inseguridad que sentíamos. La clase, que habíamos sido la misma desde que teníamos 7 años, se disolvió y nos mezclamos con otras clases y gente que venía de otros colegios. Y por culpa de toda esa marea mental y cambios vertiginosos, terminamos de despistarnos y nos perdimos de vista.

“Estoy segura de que hace tiempo que hubiéramos recuperado el contacto, y volveríamos a divertirnos comiendo algodón de azúcar…algodon_de_azucar

Pero alguien no quiso darnos esa oportunidad y tú tuviste que mudarte a la vuelta del charco por tu padre, aunque nunca supe muy bien por qué.

Yo no le di mayor importancia y no me costó casi nada ignorar tu existencia, como hacías tú conmigo. Y te archivé en mi memoria como uno de los motivos por los que fui la niña más feliz del mundo. Y ya está… porque el pasado pasado está, y a pesar de lo maravilloso que sería, no se puede volver atrás para recuperar algo.

Pero ¿sabes una cosa? Ojalá…

Sí, ojalá le ocurra a Claudia. Ojalá se enamore con 6 años del niño más risueño de su clase, y que sea en un visto y no visto, como me pasó a mí. Me encantaría ver cómo se le imagesponen coloradas las orejitas al preguntarle qué tal en el cole, y no me pueda contestar sin una sonrisa tímida descontrolada. Estar haciendo un día los deberes con ella y ver que los bordes de las páginas están llenas de corazones con sus iniciales por todas partes, y su nombre dibujado en rótulo con 200 tipos de letras.

Y que empiece a querer hacer los deberes ella solita.

Quiero que mi hija crezca habiendo conocido ese tipo de amor inocente del que se aprenden tantas cosas… que aprenda a compartir, a explorar su imaginación, que conozca lugares a los que ni si quiera llegamos tú y yo.

Ojalá su primer amor sea inolvidable como el mío.

Ojalá algún día Claudia tenga a su Isaac.

Un desierto de madreselva

Esta noche las estrellas deben de tener el horario trastornado, o eso o se les ha olvidado salir. Supongo que será por la luna, que hoy se ha puesto especialmente guapa y brilla con luz propia. No me extraña que los lobos se enamoren de ella.

lobo

No sé qué tendrá la oscuridad, pero hace que la soledad de esta habitación pese un poquito más, como si creciera… supongo que será cosa del negro, mi madre siempre se pone vestidos de otro color porque dice que los oscuros la hacen más gorda.

Lo de siempre, las mujeres y sus leyendas urbanas.

Así que estoy aquí, tratando de cazar pensamientos en compañía de la soledad. Bueno, y de mi gato, que hace un momento ha dejado de ronronear porque ya se ha quedado dormido. Mi pequeño bichito gris…

Hoy me apetecía encender unas velas, hace tiempo las compré en el veinte duros  los chinos de la esquina y aun no las había estrenado, ¡con lo zen que soy! Tenía de dos clases, Arenas del Sáhara o madreselva. Iba a elegir solo uno, pero he decidido mezclar, como hago con los pensamientos, y darme el capricho de imaginar por un momento que el desierto huele al Amazonas. Un momento, ¿cómo huele el Amazonas? jamás se me había ocurrido preguntármelo. Tendré que apuntarlo en mi lista de tareas pendientes.

749. Visitar  oler el Amazonas.

Hala, ya está.

Como te contaba, he encendido las velas y me he acurrucado con mi peluche felino a pensar en qué momento dejé de sentirme tan viva como antes, últimamente se me olvida salir de casa con un par de sonrisas de más por si me hacen falta, y luego me toca rebuscarme en los bolsillos a ver si tuviera alguna de emergencia. Iba a estar llena de pelusilla, pero al menos me haría el apaño si me encuentro con alguna situación que la merece.

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El caso es que seguir, sigo viva, desde luego alguien que no lo esté no podría hacer los malabares que yo hago para conseguir organizar días de solo 24 horas, que digo yo que ya se podrían estirar un par de minutos aunque sea.

Pero bueno, sé que por mucho que le robara alguna hora de más al reloj no serviría para encontrar ese yoquésé quéséyo que solía venir a buscar a mi ilusión para jugar juntas por las tardes como dos niñas de risas escandalosas. No sé, te juro que no sé en qué momento me ocurrió. Lo último que recuerdo es ver cómo algunos de mis sueños caían moribundos por el hueco de una escalera, y eso fue hace ya tiempo. Pero jamás se me olvidará ese sonido como de cristal haciéndose añicos contra el suelo. Y desde entonces… silencio.

Como ahora. Aunque la respiración calmada de mi pequeña pantera me hace más compañía de la que cabe esperar de un ser que no habla. A veces pienso que terminaré siendo como la vieja de los gatos y no es algo que me preocupe, porque en realidad no se me ocurre una vejez más feliz ni más rodeada de cariño. No, no te creas eso de que solo los perros son fieles, es un mito inventado por incultos que nunca han tenido gato, te lo digo yo.

Pero yo no quería hablar de gatos… qué follón ¿ahora entiendes lo que te decía de mezclar pensamientos?

Debe de ser cosa de las velas.

Supongo que nunca fui una persona de andar por casa, yo nací con un gusto por la vientolibertad más desarrollado de lo normal, a mí me gusta besarme con el viento, disfrutar de sus caricias un tiempo y después ir a descubrir si sabe diferente en otro lugar. Volar. En otra vida fui un ave migratoria y a ésta me traje puesta la costumbre de alcanzar horizontes, imagino que será cuestión de supervivencia. Y sospecho que por eso muchas veces ahora me siento morir, como si el muro hecho de rutina que rodea mi día a día no me dejara respirar.

Estabilidad. Se me pone la piel de gallina. A mí la estabilidad me hace enfermar, yo necesito sol, vitamina D para el cuerpo y caminar por caminos que no sé dónde terminan, ni tampoco cuándo. Que yo en el fondo soy muy de mi hogar, tengo que pasarme de vez en cuando a saludar o entonces la libertad es la que empieza a ahogarme. (No se puede vivir mucho tiempo sin las tortillas de patata de mamá…)

Muchas veces me veo tentada a hacer otra vez el hatillo y sacar un billete de avión a cualquier sitio, respirar de nuevo, empezar de cero como tantas otras veces. Creo que soy adicta a esa sensación de vértigo tan única cuando te ves solo en medio de algún lugar absolutamente desconocido. Recuerdo la primera noche que dormí lejos de mi casa, a miles de kilómetros, era la primera vez que viajaba sola a otro país, y no eran vacaciones, al día siguiente tenía que instalarme en una casa que no conocía con una familia que no conocía… y una manera de conducir que no conocía. Terrorífico. Recuerdo perfectamente la sensación de estar como en un sueño, y envuelta en las modestas sábanas del hostal miré la luna durante horas, que llevaba el mismo vestido de hoy. Estaba llena, completamente llena, como intentando darle luz al paisaje para que pudiera ver el sitio tan hermoso al que desde ese día llamaría hogar.

Mi preciosa Isla Esmeralda… eres tan mágica como siempre te imaginé.

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En  fin, se van apagando las velas y noto cómo se extinguen con la llama también mis ideas. Sé que tenían que ver con un desierto y un gato jugando con los hilos de un vestido negro… o algo así. Pero no importa, mejor me voy a dormir que tengo un par de horizontes nuevos que cruzar.

Con suerte los habré alcanzado por la mañana.