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Un desierto de madreselva

Esta noche las estrellas deben de tener el horario trastornado, o eso o se les ha olvidado salir. Supongo que será por la luna, que hoy se ha puesto especialmente guapa y brilla con luz propia. No me extraña que los lobos se enamoren de ella.

lobo

No sé qué tendrá la oscuridad, pero hace que la soledad de esta habitación pese un poquito más, como si creciera… supongo que será cosa del negro, mi madre siempre se pone vestidos de otro color porque dice que los oscuros la hacen más gorda.

Lo de siempre, las mujeres y sus leyendas urbanas.

Así que estoy aquí, tratando de cazar pensamientos en compañía de la soledad. Bueno, y de mi gato, que hace un momento ha dejado de ronronear porque ya se ha quedado dormido. Mi pequeño bichito gris…

Hoy me apetecía encender unas velas, hace tiempo las compré en el veinte duros  los chinos de la esquina y aun no las había estrenado, ¡con lo zen que soy! Tenía de dos clases, Arenas del Sáhara o madreselva. Iba a elegir solo uno, pero he decidido mezclar, como hago con los pensamientos, y darme el capricho de imaginar por un momento que el desierto huele al Amazonas. Un momento, ¿cómo huele el Amazonas? jamás se me había ocurrido preguntármelo. Tendré que apuntarlo en mi lista de tareas pendientes.

749. Visitar  oler el Amazonas.

Hala, ya está.

Como te contaba, he encendido las velas y me he acurrucado con mi peluche felino a pensar en qué momento dejé de sentirme tan viva como antes, últimamente se me olvida salir de casa con un par de sonrisas de más por si me hacen falta, y luego me toca rebuscarme en los bolsillos a ver si tuviera alguna de emergencia. Iba a estar llena de pelusilla, pero al menos me haría el apaño si me encuentro con alguna situación que la merece.

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El caso es que seguir, sigo viva, desde luego alguien que no lo esté no podría hacer los malabares que yo hago para conseguir organizar días de solo 24 horas, que digo yo que ya se podrían estirar un par de minutos aunque sea.

Pero bueno, sé que por mucho que le robara alguna hora de más al reloj no serviría para encontrar ese yoquésé quéséyo que solía venir a buscar a mi ilusión para jugar juntas por las tardes como dos niñas de risas escandalosas. No sé, te juro que no sé en qué momento me ocurrió. Lo último que recuerdo es ver cómo algunos de mis sueños caían moribundos por el hueco de una escalera, y eso fue hace ya tiempo. Pero jamás se me olvidará ese sonido como de cristal haciéndose añicos contra el suelo. Y desde entonces… silencio.

Como ahora. Aunque la respiración calmada de mi pequeña pantera me hace más compañía de la que cabe esperar de un ser que no habla. A veces pienso que terminaré siendo como la vieja de los gatos y no es algo que me preocupe, porque en realidad no se me ocurre una vejez más feliz ni más rodeada de cariño. No, no te creas eso de que solo los perros son fieles, es un mito inventado por incultos que nunca han tenido gato, te lo digo yo.

Pero yo no quería hablar de gatos… qué follón ¿ahora entiendes lo que te decía de mezclar pensamientos?

Debe de ser cosa de las velas.

Supongo que nunca fui una persona de andar por casa, yo nací con un gusto por la vientolibertad más desarrollado de lo normal, a mí me gusta besarme con el viento, disfrutar de sus caricias un tiempo y después ir a descubrir si sabe diferente en otro lugar. Volar. En otra vida fui un ave migratoria y a ésta me traje puesta la costumbre de alcanzar horizontes, imagino que será cuestión de supervivencia. Y sospecho que por eso muchas veces ahora me siento morir, como si el muro hecho de rutina que rodea mi día a día no me dejara respirar.

Estabilidad. Se me pone la piel de gallina. A mí la estabilidad me hace enfermar, yo necesito sol, vitamina D para el cuerpo y caminar por caminos que no sé dónde terminan, ni tampoco cuándo. Que yo en el fondo soy muy de mi hogar, tengo que pasarme de vez en cuando a saludar o entonces la libertad es la que empieza a ahogarme. (No se puede vivir mucho tiempo sin las tortillas de patata de mamá…)

Muchas veces me veo tentada a hacer otra vez el hatillo y sacar un billete de avión a cualquier sitio, respirar de nuevo, empezar de cero como tantas otras veces. Creo que soy adicta a esa sensación de vértigo tan única cuando te ves solo en medio de algún lugar absolutamente desconocido. Recuerdo la primera noche que dormí lejos de mi casa, a miles de kilómetros, era la primera vez que viajaba sola a otro país, y no eran vacaciones, al día siguiente tenía que instalarme en una casa que no conocía con una familia que no conocía… y una manera de conducir que no conocía. Terrorífico. Recuerdo perfectamente la sensación de estar como en un sueño, y envuelta en las modestas sábanas del hostal miré la luna durante horas, que llevaba el mismo vestido de hoy. Estaba llena, completamente llena, como intentando darle luz al paisaje para que pudiera ver el sitio tan hermoso al que desde ese día llamaría hogar.

Mi preciosa Isla Esmeralda… eres tan mágica como siempre te imaginé.

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En  fin, se van apagando las velas y noto cómo se extinguen con la llama también mis ideas. Sé que tenían que ver con un desierto y un gato jugando con los hilos de un vestido negro… o algo así. Pero no importa, mejor me voy a dormir que tengo un par de horizontes nuevos que cruzar.

Con suerte los habré alcanzado por la mañana.

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