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Cartas al cielo

Mi querida Mari Carmen,

Sé que hacía mucho tiempo que no me sentaba un rato contigo a charlar, espero que no pienses que después de todos estos años me he olvidado de ti, es solo que a una se le hace difícil cuando se pone a recordar.

Esta tarde salí a dar un paseo; últimamente me hace falta caminar sin pensar a dónde, ya sabes, la vida la forman rutinas y decisiones y alguna vez necesito darme el capricho de dejarme llevar. El caso es que sin darme cuenta hoy mis pasos me llevaron hasta tu casa. No sé por qué me bancohe obligado a sonreír, y aun sintiendo una punzada en el alma me he acercado al banco en el que solías sentarte en verano a verme jugar mientras hacías tus crucigramas, esos que a mí me parecían imposibles de resolver.

Venga, intenta adivinar esta: Persona que monta a caballo con destreza.

Mmm… no me la sé.

Claro que la sabes, mira, empieza por la jota.

Que no me sale , es muy difícil…

JINETE, tonta, pues claro que la sabía… pero estaba tan distraída viendo a Willy escarbar agujeros que no me concentraba en otra cosa. Sin embargo ahora, allí sentada, la palabra me retumbaba en los oídos.

No he podido evitar mirar hacia tu balcón sin arrepentirme, está tan sucio y desmejorado que hace demasiado real el hecho de que ya no estás aquí; es doloroso verle pedir a gritos que vuelvas para cuidarlo, tú que lo tenías siempre lleno de flores para salir a tomar el sol en nuestra manta y pasar las tardes de domingo con el cerebro congelado de tanto comer helados, intentando jugar al jenga… ¿Te acuerdas de lo malas que éramos? tan malas que nos cansábamos en seguida y pasábamos el resto de la tarde construyendo casitas para mis juguetes del Kinder Sorpresa que siempre me dabas para merendar.

Jenga

Me he acordado de aquel día que viniste a buscarme al cole; esa niña que me odiaba tanto se había estado metiendo conmigo y yo estaba muy triste. Cuando te vi sacándome la lengua desde el otro lado de la puerta sentí tanta emoción que rompí a llorar como una cría… bueno, como lo que era. Me abrazaste muy muy fuerte y sacaste del bolsillo un pañuelo de colores que habías traído para mí. Volvimos a casa buscando piedras raras, como siempre, para pasar la tarde pintándolas con témperas; recuerdo que siempre las pintaba todas de rojo porque aunque fueran cuadradas yo me empeñaba en hacer corazones, pero tú siempre les encontrabas formas divertidas y te reías de mi asombro cuando convertías una piedra gris en mi animal favorito. Aún lo pienso y me sorprende cómo sabías las cosas insignificantes que me hacían feliz, como cuando te disfrazabas de la Tonta del Bote y me perseguías por la casa haciéndome reír al borde de la histeria.

La persiana de tu cuarto estaba bajada y se me ha escapado una sonrisa recordando una tarde que te echaste a dormir; habían sacado a pasear a Willy y yo me aburría tanto que me dediqué a untitledenvolverme con toda la ropa de tu armario, puse el baño patas arriba en busca de tu pintalabios y me transformé en un cuadro de Picasso de dudoso estilo. Cuando te despertaste y me viste así creí que estabas tan enfadada que no podías ni mirarme. Hoy me he dado cuenta de que en realidad solo intentabas que no te viera aguando la risa.

Me enseñaste a ponerme bizca para que pudiera ver los dibujos escondidos en 3D, me explicaste que las nubes se forman porque el cielo bebe del mar cuando tiene sed,  y rompí mi primer vaso cuando quise que me enseñaras a fregar. Me acuerdo que para reponerlo te regalé mi preferido de juguete, ese morado con flores blancas; tú lo lavaste a conciencia para usarlo en la cena y que yo dejara de sentirme culpable. Eras tan buena, Mari Carmen…

Hace poco mamá me contó por qué me llevaste aquel día al parque de atracciones, acababas de saber que estabas enferma y me quisiste regalar el mejor de los últimos manzanarecuerdos. ¿Y sabes qué? Lo conseguiste, como todo lo que te proponías, en mi retina se grabó para siempre la sonrisa radiante en tu cara esperándome con una manzana de caramelo mientras yo te saludaba acongojada desde una noria que para mí era gigante, me llevaste a caballito de una punta a otra del parque a pesar de tus pocas fuerzas, y al dejarme en casa no dejaste que la tristeza empañara el que tú sabías que sería nuestro último abrazo.

Quizás pienses que ya casi no me acuerdo de ti porque cuando te marchaste yo solo era una niña, pero me diste tanto amor… me hiciste tan feliz que tu huella quedó esculpida en mi corazón, y no necesito que un balcón vacío me recuerde que te extraño cada día.

Pero yo sé que estás bien, que te guardan como un tesoro donde quiera que estés porque siempre fuiste un ángel, y estoy segura de que te ganaste las alas más bellas del cielo.

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La sombra de ti

¿Dónde comprar un castillo en el que encerrar a mis fantasmas? ¿dónde buscar los minutos que se le perdieron al reloj? Es difícil encontrar el impulso para saltar cuando tus pies no están pegados al suelo, y por más que pienso, no tengo ni idea de cuándo dejé de ser una excepción a la ley de la gravedad. Aunque sé que en realidad, lo más grave fue equivocarse.

volar

No sé en qué momento decidí soltarme de tu mano, no sé por qué dejé que la desilusión agarrara los estribos y perdiera el control. Pocas veces me he asustado tanto como cuando desperté del golpe, me encontré completamente sola y sin saber dónde estaba. ¿A quién pedirle indicaciones si ni si quiera sabes a dónde ir? Antes eso era divertido, cuando el destino era lo de menos, cuando lo único que me importaba era que me acompañabas en el viaje y descubríamos mundos hechos solo para ti y para mí, mundos construidos en las estrellas a las que la gente pide sueños. Éramos los dueños de nuestro paraíso.

cruce de caminos

En ti encontré la razón por la que compartirlo todo, abrí las puertas de mi alma y te dejé entrar. Limpiaste el polvo de los recovecos y amueblaste una habitación para ti, aprovechando cuando yo no me daba cuenta para ir conquistando más terreno. Después lo coloreaste todo con una preciosa banda sonora y me enseñaste a bailar.

Nadie sabía de qué color veíamos el viento ni cuántos “te quiero” cabían en nuestras miradas, vivíamos en una religión a parte solo para dos, como el Ying y el Yang, y yo te adoraba… y tú me adorabas. Nunca sentí una fe mayor que la que sentí por ti, o contigo, ¿qué más da? el caso es que creía en nosotros.

Me acostumbré a quedarme dormida cuando me tocabas el pelo y me enamoré de tu expresión cuando te enfadabas, aprendí a hacer nudos de corbata solo para tentarte después de vestirte aunque llegases tarde a trabajar, total, la excusa del tráfico siempre colaba aunque fueras en tren; me entretenía durante horas en la suavidad de tu espalda, admirando cada centímetro de piel canela, y me sonreías con esa carita de adormilado que me tenía robado el corazón.

ropa

Aprendimos juntos a esperar, a subir y a bajar llevando la confianza como nuestra bandera, nos inventamos nuestras propias reglas para jugar a saltárnoslas y redescubrir los límites del amor, aunque yo nunca llegué a verlos, cada día que pasaba te quería más.

Y ahora siento cómo se hace el vacío por dentro, como cuando al golpearte en el pecho exhalas todo el aire de los pulmones y tardas unos segundos en volver a respirar. Ojalá pudiera decirte cuánto te echo de menos, ojalá supieras que cuando la inspiración se enteró de que te habías marchado ella se escapó por la puerta de atrás, y no ha vuelto… ojalá pudiera pedirte que me la devuelvas. Pero ya no estás aquí, ya no eres mi costumbre de contarte cómo me ha ido el día aunque aún me lo pida el cuerpo cada vez que llego a casa, y ya solo tomo café por el placer de recordarte ¿qué sentido tiene ahora mantenerme despierta un ratito más si no lo voy a pasar contigo?

¿Cómo voy a gritar que vuelvas si este nudo en la garganta no me deja respirar?